Apogeo y declive de Terramar

La coronación

Sonríe, hijo. María, la corona. Ahora arrodíllate. Estamos listos, padre.

Dios te ha ungido como jefe de Terramar. Tú dirigirás al pueblo de Terramar y lo librarás de los enemigos que lo rodean. Y ésta será para ti la señal de que el mismo Dios te ha ungido.

El cura vertió el aceite sagrado sobre la cabeza del nuevo rey. Unos cuantos amigos habían sido invitados a la ceremonia. Aplaudieron con emoción; el sonido produjo eco en la estructura metálica. Juan sonrió con agradecimiento. El traje azul de terciopelo lo hacia ver majestuoso. Durante algunos minutos ninguno de los participantes de la ceremonia se movió, prendados por un sentimiento de solemnidad y misticismo. Después, con el corazón alegre, aunque todavía mudos por la impresión que les había causado la ceremonia, fueron a cenar. Sólo María observaba con reticencia al nuevo rey, mientras éste comía un gran pedazo de pescado al ajo.

Las olas chocaban contra el viejo fuerte abandonado. Al terminar la cena, los comensales bailaron durante horas al son de la grabadora.

Pesadilla

El rey levantó la cara del plato con un sobresalto. Era de madrugada. La mayoría de los invitados se habían quedado dormidos en cualquier lugar: algunos roncaban, tendidos encima de la mesa, sus cabezas reposando sobre montones de servilletas usadas. Otros habían preferido enroscarse en el suelo o, simplemente, sentados, dejar caer su cabeza hacía un lado, entreabriendo ligeramente la boca. El rey se incorporó con muchos esfuerzos y caminó hacia su dormitorio, sintiendo cómo su cabeza punzaba terriblemente. María ya estaba ahí. Mientras el rey se desvestía, cuidando de no rasgar ninguno de los bordados, empezó a notar que su dolor de cabeza no se debía tanto a la borrachera sino un incesante murmullo de ideas intelegibles y angustiantes. Necesito descansar, pensó. Se acostó en la cama, junto a su esposa, y cerró los ojos. Pero en la oscuridad ciertas cosas se ven con más intensidad. De pronto, el rey sintió unas manos sujetándolo por la espalda, y obligándolo a voltearse. Entonces se vio a sí mismo desnudo, arrodillado en el suelo, moviendo a través del aire un pequeño barco de juguete.

Pleito de la mañana siguiente

¿De verdad crees que alguien va admitir que esto es un país? ¡El lugar es más chico que un hotel de tercera!
Yo me encargaré de que lo hagan.
¿Porqué no compramos una casa en la playa para ir los fines de semana?
¿Pero, María, de verdad no te das cuenta? Terramar no es un lugar para descansar durante las vacaciones, ¡es mucho más que eso! María, acabo de encontrar una tierra nueva, una tierra virgen, el único lugar en todo el planeta en el que somos completamente libres. Pondremos las leyes que queramos, viviremos como más nos plazca, haremos todo lo que siempre habíamos querido hacer y no habrá nadie que pueda impedirlo.
Yo sólo veo un lugar sucio, diminuto y deprimente.

La guerra (parte 1)

Juan realizó un largo viaje en busca de alguna entidad que otorgara validez a su país. Entonces llegó el gringo. Nadaba bien. Cuando lo recogieron, no quiso decir de dónde venía, pero supo ganarse la confianza de todos porque conocía buenos chistes y tocaba un poco la guitarra. No entendió muy bien qué estaban haciendo en ese lugar hasta la cuarta o quinta explicación. Cuando al fin se dio cuenta de lo que sucedía, pareció emocionarse.
Y… ¿hacen pasaportes?
Sí, pero no podemos dar ninguno sin permiso del rey, y el rey está de viaje.

El gringo se indignó. Trataron de explicarle otra vez las cosas, pero esta vez ya no quería escuchar. Finalmente exclamó:
¿Para eso viven encerrados en un fuerte? ¿Para servir a un hombre con traje azul? ¿No tienen dignidad?
Bueno, bueno…
No exageremos…
Tenemos algunas libertades…

Pero el gringo no se fue cuando obtuvo su pasaporte. Pidió permiso para traer a un par de amigos, y los habitantes de Terramar, viendo una nueva posibilidad de tomar otra decisión por sí mismos, deliberaron y aceptaron. Tenemos señal de radio, aunque es pirata, dijeron, les puedes avisar así. Una semana después, llegaron veinte hombres fuertes, encerraron a los seis residentes de la fortaleza en una pequeña cabina, y el gringo informó desde afuera a todos los presentes que se trataba de un golpe de estado. Después se autonombró Primer Ministro.

La guerra (parte 2)

Juan, preocupado, caminaba de un lado al otro del helicóptero. Sentía cómo todo su cuerpo sudaba. Los demás lo miraban con respeto, sin atreverse a hablar; tenían la sensación de estar presenciando algo que iba más allá de su propio intelecto, algo muy complicado forjándose en la mente de su líder. Cuando Juan finalmente divisó el fuerte en la lejanía, pidió la atención de todos los pasajeros, y dijo, con una voz acongojada pero decidida:
Compañeros, capitán, abogados: alguien está tratando de usurpar mi trono y tiene presos a mis amigos. No descansaré hasta ver al traidor y sus partidarios de regreso en su país. Los abogados rodearán al supuesto Primer Ministro, los demás se encargarán de sus colaboradores. Yo liberaré a los demás. ¡Mostrémosles de lo que somos capaces!

De la escalera del helicóptero fueron bajando hombres, ágiles y numerosos como insectos, frente a los ojos de los aterrorizados habitantes del fuerte. Mientras los hombres ataban a sus enemigos a tubos y sillas, los abogados se lanzaron directamente contra el gringo.
¿Sabía que se pueden cometer asesinatos en aguas internacionales?
Podemos retenerlo durante tiempo indefinido puesto que no hay absolutamente nadie con derecho a reclamar a su persona en estas condiciones.
Si hacemos la suma de los gastos que usted ha realizado de manera ilegítima en el nombre del regidor de este país, contando la ropa que trae puesta, los pescados que ha encontrado en los alrededores y el agua que ha usado para bañarse, tendría usted que devolverle al monarca la cantidad de…

Después de ser atosigado durante al menos hora y media, el gringo rompió en llanto. Entonces Juan le trajo unos kleenex, le dijo que no se preocupara, que no le iban a hacer nada. Le prestó un pequeño bote y provisiones para que regresara cómodamente a su casa. Quedaron en que se llamarían pronto y repetirían el asunto. Había estado divertido.

Demencia

Mi esposa ya no quiere ser reina. Hace un par de días rompió su vestido más elegante, lo hizo jirones con una furia inusitada. Recuerdo qué contenta estaba cuando se lo regalé. Ahora camina en calzones por el fuerte, y si tratas de convencerla de que se tape, grita: ahora soy libre, ¿no? ¿No estamos en Terramar, el país de la libertad? Tiene algo de razón, al fin de cuentas. Hace un sol tremendo, y muchas veces yo también quisiera aventar mi traje azul al mar. Pero hay que guardar la compostura, ¿dónde quedaría mi honor sin el traje azul? Lleva nueve horas acostada en el piso. Me preocupa, ahora ni siquiera se digna a responderme. Le pregunto: ¿Qué haces ahí, María? Anda, párate. Si quieres, me puedes ayudar a escribir nuestra nueva constitución. Ya tengo la primera página, ¿quieres que te la lea? Es inútil, no se mueve. Le unté un poco de crema en la espalda, estaba rojísima. Después le puse una toalla sobre el cuerpo. No se inmutó. Y, sin embargo, respira, está viva. La última vez que la vi con energía estaba saltando sobre una sola pierna en la cocina. Su hermosa sonrisa, amable, dulce, había desaparecido, los ojos enormes, que alguna vez parecieron devorarme, no se dignaban a mirarme siquiera. La traté de besar, pero se fue saltando: déjame, ya no estoy jugando a eso. Algunos piensan que no conviene tenerla a bordo. Yo no estoy seguro, tal vez tengan razón.

La muerte

La hicimos caminar sobre una tabla de madera y la tiramos al mar. Habíamos atado sus brazos y sus piernas con una cuerda y gritábamos “¡que se caiga, que se caiga!”. Se tardaba demasiado en saltar. Finalmente alguien la empujó. Yo fui el único que se quedó después de que las burbujas dejaran de reventarse sobre la superficie del agua, observando el movimiento tranquilo de las olas. Me pregunté si nos habríamos convertido en salvajes por estar tanto tiempo alejados de la sociedad. Concluí que no, pero que no podía seguir sacrificando tripulantes porque era difícil encontrar gente decente dispuesta a vivir en mi pequeño país.

La venta

Es un lugar ideal para aquellos a los que les gusta nadar, broncearse, esas cosas. Es pequeño pero muy cómodo, y el silencio es muy agradable……… No sé cuál sea el precio exactamente, ya lo iremos negociando. Es un lugar excelente para pasar las vacaciones…… ¿Qué?………. No, yo ya estoy viejo, necesito retirarme a algún lugar más tranquilo……… No, tampoco mi hijo tuvo el temperamento necesario para ser un monarca, y decidimos que lo mejor sería disolver todo esto del nuevo país……. No sé, creo que no. Dediqué gran parte de mi vida a eso, pero creo que, hasta ahora, la ONU no ha llegado a admitirlo. Tal vez usted tenga más suerte.

sealand

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