La otra

Cuando vio a su hermana salir del baño con los labios repletos de bilet y las mejillas rebosantes de polvo rosa, como todas las mañanas, parecida a una niña que hubiera usado a escondidas los maquillajes de su madre, Tomasa, que había decidido relatarle durante el desayuno lo que había sucedido la noche anterior, se dio cuenta de que, en el fondo, no se sentía capaz de hacerlo. Consideró entonces que lo mejor sería no darle muchas vueltas al asunto, sabiendo, sin atreverse a admitirlo, que sus pensamientos regresarían continuamente a la terrible imagen que había interrumpido su sueño unas horas antes.

Tomasa solía hablar mucho menos que Felicia. Cuando cuidaban de la pequeña terraza, Tomasa la escuchaba con cierto interés, o a veces no: a veces, mientras podaba las hortensias o fijaba sobre los alambres las enredaderas que serpenteaban por el descarapelado barandal rosa, la voz de su hermana relatando lo que había visto aquella mañana por el noticiero le permitía, como una cortina pudorosa, navegar por las oscuras aguas de sus recuerdos. Tomasa y Felicia vivían juntas desde que sus esposos habían fallecido: el de Felicia, arrojándose por la ventana más alta de su enorme mansión en Santa Fe dejándola sin un centavo, pues todos sus bienes habían pasado directamente a manos de la primera esposa; el de Tomasa, unos meses más tarde, por un ataque al corazón, dejándole la pequeña casa en la que ambas vivían ahora, y una modesta pensión gracias a la cual podían subsistir, aunque sin muchos lujos.

Cuidaban siempre de la terraza y después comían. Procuraban, gracias a la rutina, no olvidar esta actividad que su cuerpo había dejado de molestarse en recordarles. A la una en punto, Tomasa dejaba los intrumentos grandes de jardinería en la terraza y guardaba los pequeños en el último cajón de la su propia cómoda, sin otra justificación más que la costumbre de aquella responsabilidad sobre todas las cosas que se había atribuido a sí misma desde siempre por ser la hermana mayor, incluso si la distancia entre las edades de las dos hermanas no se extendiera más allá de tres años. Después de guardar todo, Tomasa y Felicia procedían a cocinar. No se esforzaban mucho en variar el menú: ambas habían perdido ya el sentido del gusto, y les bastaba con rebanar unas cuantas verduras golpeando al unísono, sin notarlo, sus cuchillos contra las tablas de madera, cocer después un poco de arroz, hervir unos pedazos de pollo. Entonces esperaban, observando a las burbujas aglomerarse en la superficie de la cacerola. Cuando Tomasa juzgaba que todo estaba listo, se sentaban, una a cada extremo de la mesa rectangular, y masticaban en silencio. O Felicia hablaba. O escuchaban el rumor de la tele que Tomasa había dejado prendida en su recámara. En la noche, Tomasa cedía a Felicia su sillón color azul y se sentaba sobre la cama, y juntas veían alguna película. Cuando se daba cuenta de que su hermana se había quedado dormida, Tomasa la despertaba para que fuera a acostarse en su propia recámara, después de lo cual se sumía en un sueño profundo y sin sobresaltos.

Pero la noche anterior, el calor, el zumbido de los mosquitos y la música de alguna fiesta cercana la habían mantenido dando vueltas entre las sábanas hasta muy tarde. Únicamente el sonido de unos pasos había sido capaz de detener aquella danza. Entonces Tomasa había visto, con los párpados entrecerrados, ensancharse el rayo de luz que dejaba pasar la rendija de su puerta. Una pantufla se deslizó al interior del cuarto, después otra. El horror que le causaron las arrugas sobre aquellas manos huesudas, los senos flácidos que colgaban al interior de la larga y blanca blusa de noche, las diminutas piernas, las enormes ojeras, la palidez cadavérica de los labios y las mejillas de aquella figura parada a contra luz en el umbral de la puerta fue indescriptible. Probablemente se debía a lo poco que acostumbraba Tomasa recibir ese tipo de visitas: Felicia había dejado de ser sonámbula desde la adolescencia, gracias a los tratamientos del doctor Apolonio, famoso por sus técnicas de hipnotismo. Tal vez ese tipo de medicina tenía algo similar a una fecha de caducidad, había pensado Tomasa, mientras regresaba a su hermana a su cuarto sin encontrar resistencia. Pero cuando se encontró de nuevo sola en su cama sintió, sin comprender, cómo la imagen de aquella vieja mujer apretaba su pecho impidiéndole respirar.

A la mañana siguiente, a pesar de haberse prometido no pensar demasiado en todo esto, Tomasa se sintió incapaz de ajustarse a su rutina, extraña a ella. Al regar las plantas, la vieja observaba de reojo todos los movimientos de su hermana, que hablaba, como siempre, probablemente sin recordar lo sucedido. Tomasa no se había puesto a pensar en lo mucho que su hermana había cambiado. Para ella, seguía siendo la misma. Incluso en aquél momento, mientras la veía moverse por el patio, trayendo más agua, una pala, otra semilla, sus movimientos emanaban la misma sensación que antes, y su cuerpo de vieja se desvanecía tras el fantasma de lo que había sido siempre para Tomasa: una niña pequeña. Poco a poco Tomasa logró dejarse cegar una vez más por aquel halo de energía que trasmitía su hermana, y durante toda la tarde olvidó lo que había visto, como si no hubiera sido más que una pesadilla.

No obstante, al caer la noche, Tomasa empezó a tener la sensación de estar siendo observada, sensación que no dejó de hostigarla durante todo el programa de televisión sobre el antiguo Egipto. Tuvo un sueño inquieto. En la madrugada, creyendo escuchar un murmullo del otro lado de la puerta, despertó de un sobresalto. Presa de un pánico que no era capaz de explicarse, se abalanzó sobre su cómoda y sacó una de sus navajas para podar. Salió del cuarto. El comedor estaba vacío. Al parecer, los murmullos provenían de la recámara de su hermana. La madera de la puerta crujió mientras Tomasa se escurría hacia adentro. Felicia estaba acostada sobre la cama, respirando produndamente. No quedaba duda, estaba dormida. Tomasa, un poco más despierta, se visualizó a sí misma, inclinada sobre el lecho de su hermana con una navaja en la mano, y dándose cuenta de lo absurda y tétrica que resultaba aquella situación, volteó para salir del cuarto. Entonces la vio: al lado de la puerta, asomándose por el espejo, la mujer de manos flacas y cabellos cenizos le devolvió una mirada amenazante.

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